Dr. Felipe Zuñiga Herranz

Psiquiatra de adultos

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Felipe Zuñiga

Psiquiatra

Chile: el proceso anómico

El concepto de anomia deriva de la sociología y fue acuñado por Émile Durkheim a fines del siglo XIX. Apunta a las sociedades en proceso de desintegración y “corrupción espiritual”, producto de la pérdida de estructuras, normas y referentes sólidos. Luego, según Durkheim, la anomia se reflejaría a nivel individual en el extravío profundo y la ausencia de sentido que llevarían al suicidio. De hecho, este autor estaba, al definir el concepto, más interesado en entender la génesis de la conducta auto-destructiva personal que las dinámicas colectivas en abstracto.

Lo anterior puede vincularse con un concepto más contemporáneo, como es el Trastorno de Personalidad Límite o border-line que, en términos generales y en su perspectiva individual, comparte elementos similares a la “vieja anomia”: difusión de la identidad, sentimientos crónicos de vacío, inestabilidad afectiva, descontrol de impulsos y…. una fuerte tendencia a la autodestrucción.

Tenemos así una interesante mezcla teórica, capaz de explicar lo que ocurre en la sociedades post-modernas-globalizadas. Más aún, hay autores que plantean que la suerte de “epidemia” actual de Trastornos de Personalidad Límite, sería en buena parte explicada – amén de innegables disfunciones cerebrales – por condicionantes socio-culturales “epocales”. La “condición post-moderna” se ha argüido como un elemento central en esta hipótesis. Esto es, se trataría entonces de la resultante a nivel individual (personalidad “border-line”), de patrones colectivos desorganizados y ajenos a las estructuras e instituciones sólidas-tradicionales (“sociedades   border-line”), lo cual se hermana con lo planteado anteriormente por Durkheim en contextos históricos distintos, pero de alguna forma homologables.

Luego, aterrizando al caso chileno, más allá de los “30 años”, de “la peste del neoliberalismo”, o de la “constitución de los 4 generales”, puede haber aquí un marco explicativo que permitiría entender de forma más integral lo que está ocurriendo en estos momentos. Hasta hace pocos años habíamos llegado a visualizar a Chile – en términos generales y no ignorando las inequidades – como una sociedad relativamente próspera, en vías de desarrollo, con acceso masivo a bienes más que esenciales (situación inédita en nuestra historia), inserta de lleno en el mundo globalizado, pero… con graves carencias de sentido y de puntos de referencia sólidos.

Todo lo estudiado respecto al desprecio a las instituciones tradicionales, a las figuras de autoridad y a modos de conducta “mínimamente habilitantes” para la convivencia social por buena parte de nuestros compatriotas, serían reflejo de esto. Son carencias que según muchos autores se vendrían generando en Occidente no tan sólo como sub-productos del modernismo, con la irrupción de la expansión del consumo como expresión de la identidad (“yo soy mis jeans, yo soy mi celular”), sino desde la concomitante retirada progresiva del componente espiritual de nuestra comprensión del mundo.

Aún más, las explicaciones que intentan señalar que el fenómeno de anomia no sería sino parte del concepto marxista de alienación, pasan por alto que los elementos centrales del mismo parecen tener bastante más anclaje en aspectos “inmateriales” que “materiales” y hundirían sus raíces en períodos previos al auge del capitalismo industrial.

Los pacientes border-line que comienzan a autolesionarse o a intentar directamente suicidarse, en una tentativa angustiosa “por sentir algo” suelen expresar una frase que es prácticamente textual y estandarizada de los relatos clínicos: “la única forma de saber que estoy vivo, que logro aliviar este vacío que siento, es agredir mi cuerpo: necesito ver mi carne abierta para evadirme del dolor interno”.

De la misma manera, me atrevo a postular que nuestra “border-line” sociedad chilena, en este momento crucial de debate con pulsión re-fundacional, estaría buscando (¿inconscientemente?) un desgarro y una auto-lesión profunda. Así por ejemplo, la serie de propuestas constitucionales abiertamente “auto-agresivas” para con el “corpus nacional” darían cuenta de ello,  para tratar de “paliar” – de forma absolutamente torpe – las carencias de sentido, orientación y trascendencia que padece.  De hecho, la elección misma de numerosos convencionales “ultra”, en una coyuntura por cierto que irrepetible, podría también explicarse en este contexto: si me quiero auto lesionar, elijo convencionales lesionadores.

Muy probablemente, de las conductas colectivas “border line” derivarían, además, las búsquedas desesperadas de narrativas, gestos heroicos y épicas colectivas que presenciamos durante el estallido de octubre de 2019; toda una puesta en escena, en su superficie magistral, casi operática, pero absolutamente acéfala, caótica, vacía de discursos coherentes y unificadores, acciones destructivas aparentemente incoherentes como la quema de buses, iglesias o mobiliario urbano, condiciones todas que habrían de trasladarse luego en forma íntegra a la Convención Constitucional.

Finalmente, todo lo aquí señalado, lejos de pretender “patologizar” dinámicas sociales complejas, ha intentado ser un aporte a modelos más comprensivos, alejados del discurso público imperante, el cual está infantilmente polarizado, reduccionista e ideologizado, en momentos en que una suerte de delirio colectivo (sí, el delirio de, en pos de una eventual sanación o alivio internos, hay que destruir de pasada al cuerpo en su totalidad) parece haber inoculado las mentes de una buena porción de la ciudadanía, en su mayoría (entendiblemente) jóvenes, pero (lo más grave e incomprensible) una cuota no menor de viejos, en que operan además otras lógicas, o sea traumas no procesados, resentimientos atávicos y deseos de venganza, pero eso ya merece otro posteo…